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Por Redacción Los Reporteros

El rock argentino ha perdido a su timonel definitivo, y el impacto emocional en el tejido de la cultura popular es incalculable. Tras confirmarse el fallecimiento de Carlos Alberto "El Indio" Solari a los 77 años, una impresionante marea humana se autoconvocó de manera espontánea en Plaza de Mayo para fundirse en una última y monumental "misa ricotera", transformando el centro político del país en un santuario de cantos, banderas de tribuna y lágrimas. El adiós al líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dejó de ser una noticia de espectáculos para convertirse en un acontecimiento civil histórico.

Este histórico luto cultural conmueve a las portadas de Los Reporteros en una mañana de sábado signada por la guardia informativa: desde el seguimiento de los peritajes forenses por el encubrimiento en el femicidio de Agostina Vega, hasta la realidad de los vecinos que hoy defienden el bolsillo con las promociones fijas de Cuenta DNI frente a la recesión y la ola de persianas bajas. Pero hoy, la crudeza de la coyuntura económica hizo un paréntesis obligado ante el dolor colectivo que provoca la partida de la voz que musicalizó las alegrías y las resistencias de las últimas cuatro décadas.

De las barriadas a la Plaza: el último pogo del país

La convocatoria comenzó a tejerse a través de hilos independientes en X y cadenas de WhatsApp apenas se multiplicaron los cables oficiales de las agencias de prensa. Columnas enteras de fanáticos provenientes de la región capital, La Plata, Berisso y los cordones más profundos del AMBA comenzaron a copar los vagones de los trenes hacia la terminal de Constitución, portando remeras, trapos y la liturgia intacta de los míticos conciertos de Olavarría, Tandil o Gualeguaychú.

Los cronistas de exteriores desplegados en el lugar destacan los pliegos más emotivos de la jornada civil:

  • El pogo en el asfalto: Promediando la noche, los altoparlantes improvisados y las guitarras acústicas encendieron las estofas de "Ji ji ji", desatando réplicas masivas del "pogo más grande del mundo" sobre las baldosas históricas de la plaza, bajo una lluvia de bengalas rojas y cánticos que desafiaron el frío de junio.
  • Un puente generacional: En las escalinatas y los monumentos se fundieron en abrazos padres que vieron a Los Redondos en los ochentas en el boliche Látex o en Stud Free Pub, junto a jóvenes de 18 años que crecieron bajo el influjo algorítmico y los filtros digitales de las plataformas de streaming pero que adoptaron la poética del Indio como un manual de identidad biológica.
  • La mística del dolor ordenado: A pesar de la masividad absoluta y de la falta de un operativo logístico previo, la jornada se desarrolló bajo un clima de profunda hermandad y respeto civil, demostrando que la trinchera ricotera cuida de los suyos incluso en el momento de la máxima orfandad artística.

El legado de una conciencia poética inalterable

Mientras los despachos oficiales y el pizarrón de la vocería de Manuel Adorni ensayan balances macroeconómicos fríos ante el FMI o se debaten los pliegos presupuestarios de la reforma electoral hacia la Boleta Única de Papel (BUP) en La Plata, la calle demostró que la identidad de un pueblo no se mide en planillas de superávit. El Indio Solari, quien pasó sus últimos años batallando contra el mal de Parkinson desde su refugio de Parque Leloir —analizando los peligros del futuro cibernético y los cerebros artificiales que desarmamos esta semana en el informe de La Caja Negra—, conservó hasta el último minuto una autonomía estética y política que jamás se arrodilló ante las demandas comerciales de Silicon Valley.

Para las barriadas populares que hoy sobreviven haciendo malabares con las deudas de las tarjetas de crédito para eludir el Veraz, la lírica de Patricio Rey funcionó siempre como un refugio de dignidad y pertenencia. Las velas encendidas frente a la Pirámide de Mayo y las banderas que flamearon bajo el cielo encapotado confirman que el mito ha ingresado formalmente en la eternidad. El Indio Solari se ha despedido de las planillas de la vida biológica, pero su obra queda blindada para siempre en la memoria de una sociedad que, frente al desamparo y la incertidumbre del presente, seguirá cantando sus himnos como la única herencia sagrada que nadie les va a poder quitar.

Autor: admin